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Por una esquina del patio se ve un pedacito de cielo. Azul todavía.

Fuera, más allá de las enredaderas y de las viejas paredes de piedra, sobre mi mundo acechan los falsos mesías salvadores de ingenuos y los discípulos del  profeta, de ropajes negros y afiladas espadas.

Dentro, solo cuatro voces, un piano y una pintoresca, familiar y coqueta percusión. Cantan historias de pueblos cercanos y de pueblos del sur, historias de valiente e insensata muerte, de amores imposibles, de reencuentros familiares, de nanas, de bailes y fiesta.

Cantan y cuentan. Sencillo, sin artificios, sin ayudas, con gusto, con mucho gusto. Artistas de verdad, cantando canciones de verdad, en un lugar de verdad.

Me paro a pensar si en algún otro sitio puedo tener semejante lujo a mi alcance, pero solo un instante porque no quiero perderme ni una estrofa.

Por una esquina del patio se ve un pedacito de cielo. Negro ya.