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Los lobos

Pocas cosas reconfortan más que un gesto de asentimiento, que un saludo, que una leve sonrisa o una familia reunida, que un silencio.
De un vistazo sabemos por qué éste es el lugar elegido. Escondido en un rincón al oeste de casi todo, bien asentado en el granito gris, alumbrado por el sol desde que despunta hasta que se pone allá por la lusitania y casi rozado en las noches claras, por una enorme y blanca luna.
Desde aquí se divisa al norte la dehesa charra, vieja y dura donde encontraste, y al sur la enorme llanura extremeña, que llega hasta la sierra plagada de olivares donde todo comenzó. Solitario y protegido por el manto de Nuestra Señora, a salvo de las hienas que amenazan hoy nuestro mundo.
Ahora volveremos a bajar a nuestras vidas, con un motivo más, junto a la belleza, los íntimos recuerdos y la devoción, para volver.
En las culpas y penas de mi pobre alma, la Virgen de la Peña es mi esperanza.

El grupo rayano.

Hay que salir cuando el sol está todavía bien arriba, hacia el sur dejando atrás la hoya y siguiendo el río Gallego hasta que reposa en el Ebro. Allí, el camino tuerce hacía el oeste, cruza los montes que nos separan de la meseta, serpentea por la planicie de la cabeza de extremadura, casi desierta, se deleita con los viñedos que crecen junto al Duero, roza la moderna capital de una comunidad que nunca lo fue y prosigue entre rastrojos hasta la ciudad de las paredes doradas, donde se ha olvidado que viejos maestros nos enseñaron casi todo lo que la humanidad necesitó para prosperar en paz con sus raíces.

Un alto en el ya largo viaje permite que disfrutemos de los campos adehesados, amarillos abajo, suaves verdes perennes arriba y que, al anochecer, lleguemos a una comarca de la que el resto del mundo no sabe de su existencia.

El grupo rayano nos espera, nos ve y comienza cuando en la plaza se reúnen unos cuantos lugareños curiosos y el grupo de incondicionales, los de siempre.

Cantan las canciones que ya sabemos, a dos femeninas voces, nos cuentan historias antiguas, ecos ya lejanos de una infancia que no volverá si podemos evitarlo, suenan la gaita, la sartén, la guitarra y ahora también el bajo entremezclados con el siempre protagonista reloj de la plaza, felicitamos a Blanca, bromeamos con Virginia y nunca nos despedimos sin escuchar una preciosa nana y la canción de viaje que nos recuerda el camino de vuelta que nos queda.

Lo de siempre.

¿Cómo es posible entonces que hayamos llegado hasta allí solamente para esto?

¡Porque nos gusta Baleo!

(Y si nos dieran algo para cenar, ya sería la leche)

Por la senda

http://open.spotify.com/user/pacobernal33/playlist/1BML6kwwk4m0fTwBagKka6

No hace falta que caminéis por la Senda de los Poetas, entre palmeras, en una mañana de primavera, bajo el tamizado sol propio de esas tierras. Sólo necesitáis escuchar con la calma necesaria y seguro que veréis, en vuestro interior algunos detalles, siempre y nunca olvidados del todo.

Veréis un 124 azul marino, rebosante de infantes, atravesando entre viñas la mancha, camino del invierno y un bocadillo de lomo empanado entre pinos al mediodía, melancólico, de septiembre.

Veréis un café calentarse en un puchero a las cinco y media de cualquier tarde de invierno. Y a Santiago Gambín hablando de un equipo segundón por un transistor Sanyo encima de la mesa, siempre estorbando.

Veréis la sombra de los robles, el fresco de su espesura mientras subís hacia la casa de Nuestra Señora, arriba entre peñas de granito, más allá del paso de los lobos.

Y, sobre todo, veréis lo que tengáis guardado muy dentro.

No me digáis lo que veis.

Pd. La lista de canciones que os dejo está confeccionada con el material, más de 1.200, que un tal acabezon guardó en lo que, en mi opinión es uno de los mejores inventos de la humanidad (si no tenéis cuenta, corred), entre los años 2013 y 2017.

Son 50, podrían ser más, pequeñas perlas escogidas por un seguidor incondicional, más una que he añadido y que algún adolescente descubrirá cuál es, porque, efectivamente, un hombre vino.

Va por ustedes vosotros.

Adiós al oeste

Son ya muchos años por aquí, y siempre le he tenido un cariño especial a estas tierras. De niño, eran como mi hogar, ese que no encontraba junto al mar. De joven, la tierra prometida que nunca  cumplió su palabra y de adulto, el hogar de mi familia.

Pero el oeste se va, poco a poco. Quedará, previsiblemente, donde estaba, en la lejanía, en el anhelo. Quedará otra vez como la tierra que llama, la que hace que el camino, siempre hacia donde se pone el sol, sea el camino de vuelta a casa.

El verano

Aunque uno haya cambiado algo desde la infancia, en esta tierra el verano es calor, cielo azul, hierba amarilla y seca y sombra de encinas. Mañanas frescas y tardes interminables, paseos de atardecida con el polvo del camino y chapuzones efímeros en la helada piscina entre el griterío de los chiquillos. Encuentros y despedidas, preguntas por la fecha de partida justo al llegar, sillas a la fresca y pan y chorizo.

Entre todo este barullo, que se repite hasta perder la cuenta del día, la hora y los años que lo hemos vivido, y mientras esperamos la vuelta a las costumbres invernales, tan queridas, tan odiadas, añoramos algo: un buen concierto de Baleo que nos diga, en viejo verso, en qué tierra estamos.

Lecciones

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¿Así que no sabéis la diferencia entre un charro verdadero y un charro golpeao?. Pues aquí os voy a decir cómo descubrirla.

Solamente id hacia el oeste una tarde de verano, allí donde el sol se pone entre los amarillos campos, mientras las peñas dejan paso al Yeltes. Serpenteando, entrad en una villa vieja, hecha de piedra y sentaos en la plaza, en los cómodos maderos que os esperan.

Y escuchad. Aprenderéis el camino entre Peralejos de Abajo y Sobradillo, pasando por Villavieja, siempre entre charros. Observaréis que acarrear leña en un carro, además de trabajo duro, se puede hacer con mimo, a dos o tres voces. Que un tío que no es de este planeta puede tocar las castañuelas, o una sartén mientras te enseña portugués, ruso y hasta la tabla de multiplicar. Que otro tío que tiene más de una gaita conoce a casi todos los presentes y que no habla mal de su suegra por la cuenta que le trae. Que la jota y el fandango son la misma cosa, o no, que el ronco pandero cuadrao sirve igual para un charro que para un ajechao, que el Sereno Viejo dejó en buenas manos sus conocimientos, que la gaita de Santiago Moro suena igual de bien que cuando la oyó Dámaso Ledesma, que Nazario tenía una pandereta. Que el tío Frejón, la Tomasa, el tío Vicente y Manuel Francisco siguen dando vueltas por ahí buscando a la marrana del tío Mosco, mientras el de Bañobárez les mira pero no les dice nada, que si no estás cancamurrio puedes cantar y bailar.

Que las rondas, alboradas, pasacalles, pasodobles y las tonadas de primer orden son canciones de ayer, de hoy y puede que de mañana, que las campanadas del reloj también saben de música y que si miras bien arriba, al negro cielo, verás tus deseos reflejados. Que lo bueno, si es entre amigos es dos veces bueno, que la gente de Villavieja se sabe las canciones, que tienen público en hispanoamérica y que Blanca quiso nacer en un concierto.

Que la música del oeste está allí y nosotros con ella.

Con ustedes, Baleo.

Elogio del concierto de Baleo en Peñaparda

peñaparda concierto

Se lo había prometido al chico. Y quién iba a pensar que ese sábado iba a haber semejante concentración de estrellas en concierto. Coincidían Baleo y Mark Knopfler, separados apenas por 200 kilómetros.

Así que fuimos a ver a Mark (también actuaba un tal Fito, pero solamente era el telonero). Y la cosa empezó, la plaza estaba abarrotada, los músicos tardaron en aparecer, porque ya se sabe que son muy pesaditos para con sus cosas.

El saludo fue un lacónico “hola” y luego algunas palabras en un idioma que, sin duda era inglés, porque ninguno de los que estábamos allí entendía. Nada que ver con esos chascarrillos tan charros que cuenta Nino.

El tipo de la guitarra, algo mayor que nuestro Toño, no tocaba mal, pero no era capaz de llevar el ritmo aporreando ningún bombo electrónico ni nada parecido. Solamente cantaba de vez en cuando, o más bien susurraba. Nada que ver con las voces de Agurtzane, Nathalie y Ana.

Además había un par de tipos que soplaban diversos instrumentos, que digo yo que para qué dos, si José Ángel se basta solo para soplar lo que haya que soplar.

Y el de la batería, muchos chismes a su alrededor, pero ni una palabra, ni una broma, ni un instrumento exótico (aceptando que lo que viene de Portugal es exótico), o antiguo. En fin, un soso.

Ahora, solo os digo una cosa, chavales: no lo superéis, pero igualádmelo, anda.

Carta abierta a Alcandora

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Por una esquina del patio se ve un pedacito de cielo. Azul todavía.

Fuera, más allá de las enredaderas y de las viejas paredes de piedra, sobre mi mundo acechan los falsos mesías salvadores de ingenuos y los discípulos del  profeta, de ropajes negros y afiladas espadas.

Dentro, solo cuatro voces, un piano y una pintoresca, familiar y coqueta percusión. Cantan historias de pueblos cercanos y de pueblos del sur, historias de valiente e insensata muerte, de amores imposibles, de reencuentros familiares, de nanas, de bailes y fiesta.

Cantan y cuentan. Sencillo, sin artificios, sin ayudas, con gusto, con mucho gusto. Artistas de verdad, cantando canciones de verdad, en un lugar de verdad.

Me paro a pensar si en algún otro sitio puedo tener semejante lujo a mi alcance, pero solo un instante porque no quiero perderme ni una estrofa.

Por una esquina del patio se ve un pedacito de cielo. Negro ya.

 

Silencio

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Silencio.

El paso sube la cuesta, encajonada en el barrio viejo de la vieja ciudad castellana, gira lentamente, redoble de tambores marca el paso, despacio. En la calle, al poco, se detienen.

Callan los tambores, callan los cofrades, callan los niños y callan los que contemplan la escena.

Los cofrades bajan el paso con cuidado y resoplan, un descanso antes de seguir. Un trago de agua, atentos a las órdenes, secas, gritos callados.

Y todos miran a la Virgen, llorosa, cómo sostiene cuidadosamente a su Hijo retorcido en su regazo. Serena, no protesta. Aguanta, sabe.

Silencio.

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Carta abierta a Baleo

Lo que me conocen saben que siempre he sido, y soy algo parecido a un forastero en todos los sitios, el hombre sin tierra, como un electrón libre.

Con esos antecedentes, siempre me acerco a las citas que hablan de las raíces de nuestros pueblos con bastante timidez, en las últimas filas y sin hacer mucho ruido, como sabiendo que, en realidad, no va conmigo la fiesta, que es un mundo que no es el mío.

Pero con Baleo ya me siento como en casa. Siempre que los escucho, me sumergen de cabeza en el oeste de España de hace un tiempo, pero que permanece en cada uno de los que ahora lo habitan, ellos incluidos, ese mundo olvidado y casi invisible que ya solo recuerda lo que fue, como si ya no fuera, como si ya no hubiera presente.

Cada concierto es una invitación a conocernos, a saludarnos hace unos años, a recorrer los caminos subidos en un traqueteante carro, al duro paso de la dura vida en los campos y a cantar una dulce, preciosa, nana a un niño que ya no conocerá sus raíces. Nos hablan de oficios, de costumbres, de fiestas y de la vida, del tío Frejón, y nos damos cuenta de quienes somos, o al menos de quiénes fueron los que nos precedieron.

Cada concierto es una reunión de amigos, que junto al fuego de una chimenea o en la era el día de la fiesta del pueblo, charlan y bailan, cantan, ríen y sufren.

No soy yo de los que añora tiempos pasados, pero agradezco, y no sabéis cuánto, que me dejéis ver un poquito de mi pasado.

Además, como ya os recordaron el sábado, sin acritud pero con la dureza de la confianza, habéis aprendido mucho ( a tocar, se entiende).

© 2017 Desde la tená

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