Siempre me ha gustado correr. Calzarme las zapatillas, viejas si puede ser, un pantalón corto, una camiseta grande y que vaya por fuera del pantalón, y, sin más, empezar a correr.
Lo he hecho, con interrupciones, desde aquellos lejanos tiempos en que estaba en el instituto y me llevaba la ropa en una pequeña bolsa de deporte para ir después de las clases de la tarde.
Lo he hecho en la pista de la ciudad deportiva, siempre por la cuerda y en el sentido contrario a las agujas del reloj, en la carretera de “aldialba”, empezando en el kilómetro tres y hasta “el mejorito”, por el soto y hasta Bocacara, lo he hecho por el páramo sayagués, por senderos entre escobas, por el paseo marítimo de Las Palmas, esquivando bicis turísticas y la espuma de las olas del océano que reclamaba el terreno que es suyo, lo he hecho por el parque de la ciudadela, siempre de incógnito, lo hago por los pizarrales, desde el cementerio nuevo hasta el helmántico, por aceras nuevas y carriles bici sin bicis.
Lo he hecho acompañado, con mi padre, tardes de suave invierno levantino, luego con “el mantero”, mañanas de cálido verano mesetario y heladoras tardes de escarcha y niebla, también con el compañero Iñaki bordeando las viejas murallas. Y lo he hecho solo, en silencio.
Y siempre, mientras oigo mi respiración, a veces fuerte, a veces fatigada, mientras siento punzadas en algún lugar de las piernas, músculos maltratados, imagino mil pequeñas historias.
No todas quedan en el tintero.