El enemigo sigue siendo el Estado

Una de las cosas que nos ha traído esta pandemia, además de la gran tragedia que suponen los miles de fallecidos, es el hecho de que muchos han descubierto que en estas situaciones de excepción el gobierno comienza a utilizar prerrogativas que sólo él tiene y se dedica a las confiscaciones.

En varias conversaciones, ahora todas virtuales, algunos amigos me hacen notar que empiezan a escasear muchas materias primas o productos por la intervención del gobierno. Descubren que, utilizando a su policía, el gobierno irrumpe en las fábricas y almacenes se queda con el material que le interesa para utilizarlo en lo que estima conveniente y dónde estima necesario.

Además, a los que se han lanzado a producir equipos de protección de los que escasean les impone todo tipo de restricciones, en forma de homologaciones que no llegan, sellos que tardan en estamparse, almacenamientos forzados hasta que se decida el destino de esos productos y un sinfín de trabas variadas.

Aunque en un principio el fin que dice el gobierno perseguir, esto es, asegurar el abastecimiento de los recursos necesarios para combatir la amenaza que nos acecha y la distribución en los sitios exactos en los que se necesitan suele ser acogido con benevolencia, con comprensión por la población, aunque apoyen que se tomen esas medidas como necesarias e inevitables, poco a poco la gente va apreciando cosas que parecen no cuadrar del todo.

Sobre todo cuando ocurren situaciones en lugares o ámbitos cercanos, o en industrias o sectores que conocen bien, en los que se ven afectados. Es entonces cuando muchos se extrañan, cuando muchos no entienden bien qué es lo que está pasando.

Muchos lo achacan, primeramente, a las malas decisiones de los que están al frente. Estiman que, de haber otras personas dirigiendo el asunto, las cosas se podrían hacer de otra manera, los productos circularían con facilidad hacia los lugares necesarios, por el solo hecho de poner a funcionarios competentes al frente.

En parte, pueden tener razón. Diferentes criterios, diferentes formas de organizar las cosas, diferentes sensibilidades, inteligencias, capacidades, diferentes grados de responsabilidad, incluso de bondad y maldad, pueden arrojar resultados distintos, pueden aumentar o disminuir el caos o la eficiencia.

Otros, muchos otros, achacan los desabastecimientos a los malvados empresarios quienes al verse privados de oportunidades de hacerse ricos aprovechando la situación de dificultad general, deciden dejar de producir hasta que su afán de lucro se vea colmado.

Pero, por más que haya algunos empresarios que tengan la codicia como forma de conducirse por la vida (que habrá un cierto número, no lo dudo) lo cierto es que si se priva a las empresas de sus materias primas, de sus mercados, del rendimiento de lo producido, tienen que parar.

En lo que es difícil que caigan es en que las reglas para producir cosas, para venderlas, para distribuirlas, son las que son, que los beneficios y las pérdidas, los precios, los incentivos, son lo que son y operan en todo momento. También en una pandemia.

Es difícil que se llegue a atisbar estas cosas porque en épocas de normalidad no se conocen estas reglas, estos conceptos. Se tienen tantos sesgos ideológicos que todo esto, que debería ser básico en primero de economía, se sustituye por las tan manidas ideas como:

  • “Lo público es lo mejor”
  • “Los empresarios roban el fruto del trabajo de los trabajadores”
  • “Los impuestos son necesarios y hasta buenos”
  • “El Estado nos protege a todos y vela por nosotros”
  • “Los mercados son el mal”
  • “El capitalismo es malo” y muchos otros.

Y es que, aunque en épocas de tribulaciones a muchos les parezca lo contrario, el Estado es el enemigo, sigue siendo el verdadero enemigo. Puede que sea normal que la gente quiera protección, que la necesite y acepte, soporte o solicite ciertas injerencias. Pero el Estado sigue siendo ese monstruo violento y extorsionador que es. Y que estorba el normal desarrollo de las cosas, de la producción, del mercado, de la adquisición de riqueza y bienestar, de libertad.

Un ejemplo lo tenemos en los recientes acontecimientos que estamos viviendo en España. Ante una amenaza como es un virus, el Estado ha pasado de comportarse del todo ajeno y despreocupado, a arengador de masas para que tomasen riesgos innecesarios, de mentiroso y ocultador de datos y cifras a arrogante capitán en la adversidad, de criminalmente inmóvil a feroz carcelero, a feroz destructor de riqueza, acaparador de bienes, coordinador del más completo caos, preocupado tan solo de su propia pervivencia y, si puede, de su expansión a costa de los ciudadanos sumisos.

Puede que en España ahora, lo urgente sea, además de sobrevivir a la pandemia, hacer desaparecer del gobierno a los más peligrosos adoradores del Estado omnipotente, comunistas, socialistas irredentos, peligrosos revolucionarios, para tener una oportunidad de salvar a nuestro país, a nuestra sociedad de la doble plaga que la acecha.

Pero lo importante es hacer desaparecer, lo máximo que sea posible al Estado.

Que no se nos olvide.

Artículo original publicado en El Club de los Viernes

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