Hay que salir cuando el sol está todavía bien arriba, hacia el sur dejando atrás la hoya y siguiendo el río Gallego hasta que reposa en el Ebro. Allí, el camino tuerce hacía el oeste, cruza los montes que nos separan de la meseta, serpentea por la planicie de la cabeza de extremadura, casi desierta, se deleita con los viñedos que crecen junto al Duero, roza la moderna capital de una comunidad que nunca lo fue y prosigue entre rastrojos hasta la ciudad de las paredes doradas, donde se ha olvidado que viejos maestros nos enseñaron casi todo lo que la humanidad necesitó para prosperar en paz con sus raíces.

Un alto en el ya largo viaje permite que disfrutemos de los campos adehesados, amarillos abajo, suaves verdes perennes arriba y que, al anochecer, lleguemos a una comarca de la que el resto del mundo no sabe de su existencia.

El grupo rayano nos espera, nos ve y comienza cuando en la plaza se reúnen unos cuantos lugareños curiosos y el grupo de incondicionales, los de siempre.

Cantan las canciones que ya sabemos, a dos femeninas voces, nos cuentan historias antiguas, ecos ya lejanos de una infancia que no volverá si podemos evitarlo, suenan la gaita, la sartén, la guitarra y ahora también el bajo entremezclados con el siempre protagonista reloj de la plaza, felicitamos a Blanca, bromeamos con Virginia y nunca nos despedimos sin escuchar una preciosa nana y la canción de viaje que nos recuerda el camino de vuelta que nos queda.

Lo de siempre.

¿Cómo es posible entonces que hayamos llegado hasta allí solamente para esto?

¡Porque nos gusta Baleo!

(Y si nos dieran algo para cenar, ya sería la leche)