El lenguaje en tiempos del coronavirus

Llevamos tiempo advirtiendo de la importancia del lenguaje. Y de que sea la izquierda, unas veces la radical izquierda revolucionaria, otras veces la izquierda suave de la socialdemocracia, de lo progre, la que siempre imponga las palabras que se utilizan y su significado. Que sean ellos los que decidan qué palabras se utilizan para cada cosa, qué significan y también, cuáles son las palabras que no se pueden utilizar, cuáles son las proscritas. Recordemos, por ejemplo, el caso de migrante e inmigrante.

El hecho de que los medios de comunicación, las universidades, los “intelectuales” y los artistas pertenezcan en su gran mayoría al grupo de opinión que marca lo “correcto”, hace que enseguida se impongan los cambios adecuados para trasladar los mensajes que se quieren trasladar por el poder establecido, por las élites.

La crisis del coronavirus, la que nos está golpeando actualmente, nos ofrece claros ejemplos de lo anterior.

Uno de ellos se produjo el día del anuncio del tan esperado paquete económico que el gobierno se disponía a poner en marcha para combatir la crisis económica asociada a la pandemia. El anuncio de las ayudas económicas fue el de una movilización de varios cientos de millones de euros.

Palabra clave: movilizar. El asunto se colocó en todas las televisiones, en todas las tertulias, en todos los periódicos, como una inyección de dinero de una cantidad nunca vista. Pero siempre utilizando la palabra movilizar.

Movilizar es poner en actividad o movimiento algo. Solamente mover algo que, obviamente, ya está ahí. De tal forma que el gobierno, por toda ayuda, se limita a poner en movimiento algo, dinero, que es de otros y está ya en la economía. No añade nada, no pone nada, no aporta nada. Simplemente mueve, contribuye a mover el dinero de otros. Lo que no dice es que son los dueños del dinero los que lo tienen que mover. Y que puede que lo no lo quieran hacer.

Un segundo ejemplo: limitación de la libertad de circulación. En el decreto de declaración del estado de alarma, artículo 7, se puede leer “limitación de la libertad de circulación de las personas”. Teóricamente, una limitación es poner límites a algo. Así que esperaríamos ver que nuestra libertad de circulación la podemos ejercer, aunque no en su totalidad, sino acotada en algunos aspectos. Algunas zonas, horas, lugares concretos.

Sin embargo, lo que nos dispone el desarrollo del artículo en cuestión es justo lo contrario. No tenemos libertad de circulación ninguna. Solamente tenemos una serie de excepciones a la situación para todos obligatoria, que es la reclusión en casa. De hecho, no podemos salir de ella, salvo para hacer ciertas cosas que nos son permitidas. Y, poco a poco, se han ido acotando más esas actividades.

Otros ejemplos serían solidaridad, héroes y otras parecidas. En la situación en la que estamos hay que ser solidarios y no salir de casa. Pero la realidad es que no podemos salir de casa, y si lo hacemos, nos exponemos a fuertes sanciones. No es un cuestión de voluntariedad.

Y nos dicen que somos héroes si nos lavamos las manos. No lo somos, lo hacemos para protegernos en primera persona y para no contagiar a los nuestros. Es lo menos que podemos hacer, no lo más que podemos hacer.

El discurso se impone y la mayoría de la población da por bueno todo lo escuchado. El gobierno nos limita movernos, nos ayuda movilizando una gran cantidad de dinero, tenemos que ser solidarios y quedarnos en casa y somos auténticos héroes solamente con lavarnos.

Y se asume como buena la situación en la que nos han colocado las élites dirigentes. No podemos hacer otra cosa, no hay otra solución. Confiemos en lo que nos dicen, confiemos en ellos, obedezcamos.

Pues yo digo que, como es mi costumbre, como se ha dicho siempre, hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Y no dar por bueno lo que nos cuentan, nunca a la primera. Más bien, ponerlo en cuarentena (qué coincidencia) hasta que, una vez analizado cuidadosamente, tengamos nuestras propias conclusiones sobre el asunto.

Lo demás es dar la batalla por perdida, y así nos va.

Artículo original publicado en El Club de los Viernes

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