Que una alcaldesa laica prohíba participar en un acto de origen y tradición católica a unos niños católicos, nos da una idea clara de lo mucho que nos queda por sufrir.

Pero que una persona, ciudadano y padre, aparentemente sano y en su juicio, diga cuando se entera del hecho, por todo comentario que no importa mucho, porque va a llover y no va a salir la cabalgata dichosa, nos dice que no tenemos escapatoria.

Solamente cuando pase hambre y no sea capaz de llevarle nada de comida a sus hijos, ese ciudadano despertará, acaso con ira, aunque no creo que ni entonces atisbe a comprender qué demonios ha pasado.