La ley por montera

Artículo publicado originalmente en El Club de los Viernes.

Las desgracias nunca vienen solas: este año, al mal llamado ya día de la mujer porque lo es de la mujer marxisprogrefeminista, unimos la aprobación de un proyecto de ley de “libertad sexual”.

Empieza bien esto. Solamente el título es un despropósito. Libertad. O sea, para el que lo quiera escuchar, nos van a dar o a garantizar una libertad que no tenemos, aunque no nos hayamos dado cuenta. De traca.

Vamos a dejar a un lado las consideraciones puramente técnicas y legales del proyecto. Y es que, el asunto de la presunción de inocencia, el problema de la prueba del consentimiento, la carga de la prueba, no son cuestiones de poca importancia. Como tampoco lo son la consideración de víctima sin acreditación judicial del hecho y la vinculación de ayudas y privilegios variados a esta consideración.

Las dejamos aquí porque han sido tratadas por gente sobradamente cualificada para ello. Apuntemos, no obstante, que las conclusiones han sido demoledoras para el ministerio y gobierno que la presenta, a poco que se vean las cosas con la sensatez y objetividad que una ley de este calibre requiere.

Y nos centraremos en lo que más está dando que hablar. Según la ministro, en las relaciones tiene que haber “consentimiento explícito”. Eso dice ella. Si no, son relaciones sexuales ilegales, punibles. El famoso “sólo sí es sí”. Así que tenemos a más de medio país discutiendo sobre si el consentimiento tiene que ser hablado, preguntado, escrito ante notario, con testigos, invalidado por unas copas, pero no por unos petas o unos tiritos…, si hay que renovarlo cada cinco minutos o a cada empujón (ustedes ya me entienden).

La novedad es que sea explícito. Y con las críticas, se apresura a decir la vecina de Galapagar que no hace falta que sea verbal, pero sí que sea explícito. Así que una chica de treinta y años, sin oficio ni beneficio conocido hasta que ha pasado a engrosar las listas de eso que se llama “casta política”, va a enseñar a toda la humanidad a comunicarse.

Porque la comunicación entre personas va más allá de un simple sí o un simple no. Aprendemos a comunicarnos con los otros desde que nacemos y seguimos aprendiendo siempre. Y también lo hacemos con los que tenemos relaciones sexuales, que, aunque Irene no lo diga, casi siempre van más allá de un simple acto físico.

Así que los jóvenes van aprendiendo a interpretar las miradas, las sonrisas, los gestos, las palabras, las caricias, los movimientos, los besos, van aprendiendo a vivir, a relacionarse, a amar. Y descubren que no es lo mismo estar en un contexto que en otro, que no es lo mismo una palabra dicha en público que en privado, no es lo mismo decirlo a voces, entre risas, a decirlo suave al oído, que un sí a veces se pronuncia no, otras no se pronuncia y un no alguna vez es sí.

Cometen, cometemos errores, y también aprendemos de ellos. Y nos acomodamos a la persona con la que hacemos eso de lo que trata la ley, para tener claro qué es consentimiento y qué es explícito para cada persona. Así que esto no debería suponer ningún problema extraordinario para ninguna pareja, como nunca lo ha supuesto.

Y para los que violan, cuando lo hacen, tampoco es ningún problema, porque no se paran a preguntar si va a haber consentimiento. Violan, no preguntan, no interpretan.

Pero, y esta es la clave, la misma ministro ha dicho textualmente: “hemos insistido mucho en que no solamente hay que cambiar el código penal, sino la mente y las conciencias del conjunto de la ciudadanía”.

Así que se trata de eso. De cambiar las mentes y las conciencias. Y que todo el mundo tenga en la mente y en la conciencia lo que los ingenieros sociales digan. Lo que la izquierda totalitaria diga. Y utilizan estos falsos debates para conseguirlo y a esta chica, cuyo discurso no resiste el análisis de un niño pequeño, para conseguirlo.

De modo que, para que quede bien explícito: ministro, no le doy mi consentimiento para que se meta en mi cabeza, en mi conciencia ni en mi cama. No se lo doy.

Déjeme a mi la libertad.

Lo que sí le doy es la definición de consentimiento, aunque tengo claro que no la va a entender, y en el caso de que la entienda, no la va a querer entender.

Consentir: permitir algo o condescender (acomodarnos por bondad o conveniencia al gusto o voluntad de alguien) en que se haga algo.

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