LAS NO FIESTAS

Cuando escribo esto es la hora, aproximadamente, en la que los habitantes y descendientes de un pequeño pueblo de la castilla más vieja, se estarían acicalando para comenzar los actos de sus fiestas patronales en un año normal, claro.

Son pocos, incluso con todos los que acuden año tras año al acontecimiento. Y se dedican, básicamente a realizar dos procesiones, un par de misas, algunas verbenas, tomar cañas y vinos en el único bar del lugar y otras actividades que casi siempre son al aire libre.

Pero este año no lo harán. Está prohibido. Todo está prohibido. ¿Todo?

No, todo no. Antesdeayer se celebró la fiesta de un país inventando en el oriente de España y pudimos ver a los cuasi esquizofrénicos políticos que allí gobiernan porque les dejamos, hacer actos oficiales y ofrendas florales a monolitos variados. Y manifestaciones que concentran a mucha más gente que la del pueblecito ese al que me refiero.

En cualquier plaza de toros este verano, en cualquier piscina de cualquier ciudad de las que las han abierto, en cualquier playa de las que han recibido solamente turistas nacionales, en cualquier hotel de los que ha podido estar abierto, se ha concentrado más gente que la que esta tarde iría a buscar al Cristo.

Pero está prohibido.

Y lo peor de todo es que el pueblo, y muchos otros este verano, han accedido sin protesta, sin lucha. Nadie ha (hemos) dicho nada, a pesar de que es evidente lo que ocurre.

El supuesto virus contagia si un pueblo pretende hacer una procesión al aire libre, no más de 350 personas, con las ridículas e inservibles mascarillas y con todo el campo castellano a su alrededor, pero no si esa misma gente se reúne en la terraza del bar. O en el interior del mismo.

El mismo virus respeta totalmente a los catalanetes que dicen que es su fiesta.

Ayer mismo estuve en un poblachón aragonés en cuya plaza, sentados en diferentes terrazas, había mucha más gente que en todo nuestro pueblecito. Y todos sin mascarilla, que para eso estaban de cañas, claro. Y el virus ausente.

Somos un rebaño tan obediente, que casi damos pena.

Casi.

El Brigada Acorazado Escrito por:

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