Érase un niño llamado Pablo. Tenía diez años y vivía con una familia de acogida en Alicante. Su “familia” tenía una casa muy lujosa, pues tenían mucho dinero.
Pablo era un niño pálido, delgaducho y no muy alto. Tenía el pelo castaño y los ojos oscuros. Sus labios destacaban como una mancha rojiza en mitad de un folio en blanco. Llevaba unas gafas azules que le tapaban casi toda la cara.
La casa era blanca y amplia, muy amplia. 
En cada esquina había dibujado, en la pared, un personaje de un cuento popular y en cada pared el cuento era de un país.
Su colegio “Franceis de Flom”, era muy grande.
Sus amigos deseaban todos los lujos que tenía Pablo, todos los videojuegos y videoconsolas del mundo, todos los megazords y superrangers de las tiendas, todos los juegos de mesa y azar, en fin, muchas cosas.
Pero lo que todos los niños tenían, excepto él, eran unos padres.
Pablo todas las noches soñaba que estaba con sus padres y que jugaban con él, y Pablo, desde la cama, sonreía.
Por eso se levantaba de tan buen humor cada día de aquel verano que parecía interminable.
Dinki.
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Un pitido estridente lo sacaba todas las mañanas temprano de un profundo sueño. Pablo, diez años, abría los ojos, encendía la luz y  comenzaba, poco a poco a vestirse y prepararse para ir al colegio.
Su uniforme estaba perfectamente colocado en una silla, al otro lado de su enorme dormitorio, tal y como se lo había dejado Anita, la criada, la noche anterior.
En el comedor le esperaban, ya desayunando y en silencio, Luis y Teresa, sus padres de acogida desde hacía dos años. Anita le servía leche, cereales, tostadas y huevos, con una sonrisa, aunque él casi nunca tenía hambre por las mañanas.
Poco despues pasaba el autobús por la puerta de su casa, al otro lado del jardín y Pablo subía a él, saludando a sus compañeros y amigos del cole.
Casi todos eran amigos suyos, y les gustaba que les invitase a su casa, a jugar por las tardes en su enorme habitación repleta de juguetes y cachivaches electrónicos. Y cuando se marchaban, todos le decían, casi al oído: “ojalá yo fuera como tu y tuviera esta casa y todos estos juguetes”.
Pablo no decía nada, pero al acostarse, despues de la cena, que casi siempre hacía en la cocina, con la única compañía de Anita, se imaginaba que su madre le ayudaba a ponerse el pijama y que le arropaba al acostarse, que rezaba con él un minuto y que le daba un beso fuerte y le deseaba buenas noches.
Y, por supuesto, su padre venía al ratito y le daba un beso en la frente y una palmadita, como de broma…

Chilindri.