Tribulaciones en la crisis del virus (día 64)

Decenas de miles de personas fallecidas. Y las que no se cuentan. Y las que no quieren que contemos.

Los muertos del sepulturero profanador y su compinche bolchevique.

Nos acostamos con las imágenes de las caceroladas en muchos sitios diferentes. Sobre todo en los lugares donde quienes nos dirigen con mano firme han decidido que se quedan en fase de congelación. Seguirán, no me cabe duda, la crisis no acecha ya, sino que ha llegado de lleno y la indignación se tornará rabia y desesperación.

Nos despertamos con un rebote considerable de ayuso y la guerra política que se viene desarrollando alrededor de su persona, de su gestión, de su comunidad.

Y nos llega la hora de comer con la enésima comparecencia de nuestro amado líder, el sepulturero profanador, para anunciarnos la enésima ilegal prórroga del ilegal estado de alarma a que nos somete. ¿Ha recabado apoyos para aprobarla? Sí, pues puede que no haga falta nada más que echar un vistazo a sus socios.

Esta prórroga, la prorroguita, trae la novedad de ser doblemente ilegal, si es que eso se puede. Va a ser de un mes, o alrededor de un mes (semana arriba, semana abajo habrá querido decir).

Ese es el asunto, señores, que una vez que has aprobado algo ilegal y no te ha pasado nada, no dejas de cometer ilegalidades. Y todo el edificio se derrumba, todas las instituciones se van a la mierda, la ley se va a la porra y nos vemos en una dictadura de facto, aunque formalmente no lo parezca.

El primer decreto era ilegal. Vulneraba varios derechos fundamentales de forma clara. Nadie protestó y se convalidó aprobando una humillante prórroga. El estado de derecho, lo que quedaba de él, había saltado por los aires. Aún así, todo el mundo aguantó el chaparrón (por motivos de salud pública, se autoengañó el que más y el que menos) y se sucedieron los atropellos.

En fin, aunque falta por pronunciarse el tribunal constitucional al respecto, que ya sabemos que tiene de tribunal lo que yo de ganadero, y diga lo que diga, el amado presidente ha reconocido hoy, sí hoy, que ha vulnerado nuestros derechos fundamentales. No sé si lo ha dicho por si acaso, para acallar protestas o si no se ha dado cuenta, pero lo ha dicho.

Eso sí, era por nuestro bien.

Por nuestro bien, expresión tan peligrosa como aparentemente protectora.

Pues sepa nuestro enterrador favorito que antes que nuestro derecho a la salud pública, está nuestro derecho a la libertad, a la vida y a la propiedad. Esto es así sin que lo diga la constitución, por supuesto, pero es que, además, lo dice. Si supiera o quisiera leer, lo entendería. Él y sus compinches los bolcheviques.

Y sepa que no tiene derecho a tomar cualquier decisión por nuestro bien. No, cualquier decisión, cualquier medida no. No puede encarcelarnos en nuestras casas. No está legitimado para “hacer lo que haga falta, cuando haga falta y como haga falta” por nuestro bien.

Algún avezado lector podría interpretar que quiero que se haga nada contra el virus, que subestimo la enfermedad. Nada más lejos de la realidad, amigo, pero una cosa son las medidas sanitarias y otra renunciar a mi libertad.

Al gobierno lo controla el pueblo. Y si eso no es así, dictadura habemos.

¿Habemos?

Cae la tarde y mi bandera ya está preparada. ¿Que por qué bandera y por qué esa? Porque quiero. Sin más.

Hay algo que está por encima de ideologías, de política, de este mundano mundo.

Y nos siguen muriendo.

Definición de imbécil de la RAE, que debería ser de obligada lectura antes de votar (aun sin que muchos la comprendan): Tonto o falto de inteligencia.

Definición de criminal, según la RAE, 4ª acepción: que ha cometido o procurado cometer un crimen.

Definición de secuestrar, según la RAE: retener indebidamente a una persona para exigir dinero por su rescate, o para otros fines.

P.d.: el (no) uso de las mayúsculas es, cómo no, deliberado.

El Brigada Acorazado Escrito por:

Un comentario

  1. Arsenio Bernal
    16/05/2020
    Responder

    A estas alturas de la película, ¿alguien se acuerda de Delcy? Quien se acuerde, quien se haya estado acordando de ella durante todo este tiempo, andará por sendas certeras, aunque no nos sirva de nada, o al menos nos sirva para comprender qué poca cosa somos, cómo se nos llevará a todos el curso impetuoso, otra vez, de la historia.

    Y sí, me complace ver esa bandera. Otra bandera así, de otro tiempo, duerme en un cajón de mi casa. Saldrá, espero. No hará falta decir que soy católico (si de algo ha de servir toda esta mierda, es para salir del armario, y ser llamado loco, antediluviano, rastrero, imbécil, supersticioso, espiritualista, frailuno y que a uno le dé ya igual, y así reconocer que no puede haber componendas con un mundo que fue y será la Babilonia de siempre, cuando lo que está en juego es la Salvación, nuestra Salvación); en esa bandera no puede lucir otra casa real que no sea la verdadera Realeza de Cristo.

    Qué difícil se hace «salir de la caja», sobre todo cuando tu casa comienza a arder. Sin embargo, somos criaturas («logos» del «Logos»), y nuestra condición es la de complacer nuestra miserable pero divina condición habitada por el entendimiento. Algo parece estar diciéndonos que se aventura un cielo oscuro, y no sólo en nuestra casa. Como dijo mi admirado, aparte de comunista, Pier Paolo Pasolini (1922-1975): «Estamos todos en peligro».
    Tiemblo al pensar que no sabía realmente lo que estaba diciendo.

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