UN MUCHACHO CABAL.-

¿Vas a hacer “futi”?, pregunta mi abuelo al verme ataviado con pantalones cortos, sudadera y zapatillas deportivas.

Sí, contesto.

¿Con “el mantero”?

Sí, vuelvo a contestar, con ese gesto serio, hosco y esas pocas palabras con las que, a menudo, despacho a la gente que realmente me importa.

Es un muchacho cabal, dice él, un poco para sí y un poco para mi, para que lo oiga, para que lo sepa.

Cabal, para el abuelo, significa que es un tipo sano, sin dobleces, que sabe por dónde se anda, que no te va a meter en un lío, que te puedes fiar de él, que no te dejará si puede evitarlo.

Yo asiento, esta vez no contesto, dando a entender que ya lo sé, que a mi también me lo parece, que estamos de acuerdo como en tantas otras cosas.

Él ya se calla y sigue concentrado en la lectura del periódico del día, ese que comenzó a llegar a casa hace unos años, cuando ya pasaba horas en ella y no en la tená, para resguardarse un poco del frío del invierno, de la lluvia, que ya ha sido mucho tiempo padeciendo todo.

Pero lo ha dicho. Y eso que, lo de ir a correr sin tener prisa ni sitio a dónde llegar, sin que nadie te persiga, solo por correr, no le parece de gente que esté demasiado en sus cabales. Lo tolera porque debe pensar que es cosa de los tiempos de ahora, de la juventud que en algo tiene que entretenerse si no está todo el día en la obra poniendo bloques. Lo ha dicho porque quiere que no lo olvide, que lo tenga siempre presente.

Y yo lo hago ahora, años después, recordando esas “corribandas” detrás de nadie, por la carretera de “aldialba” al amanecer, en pleno verano y esas otras del duro invierno que pasé entero allí, con casi solamente su compañía, purgando mi paso a la edad adulta, que se impuso como algo personal, como acompañamiento para que yo llegara a buen puerto (tal vez dudando de que pudiera hacerlo solo).

Recuerdo las interminables partidas de ajedrez, frente a frente y epistolares, los vasos de Cocacola con hielo y limón, que si no no saben igual, los paseos por el campo, las visitas a la sierra, el alfabeto de manos y las aventuras a lomos de nuestras bicis, cada vez más lejos y más osados.

El tipo cabal no merece el silencio y el olvido cuando alguien muy cercano se va, pero uno es así. De hombres que se visten por los pies es reconocerlo y asumir el error, es ver la distancia y aguantar.

Años después, el tipo en cuestión sigue siendo un muchacho cabal, y yo escribo esto porque también quiero serlo. Dejemos que lo lea y sepa qué pensar.

3 comentarios

  1. ¡Jodido cabronazo!, ¿cómo te voy a mirar ahora que he leído algo tan bueno? ¡De hombres que se visten por los pies es reconocer que me jode que escribas tan bien, que me hagas así la competencia, que ya sabes que la de escritor es la vanidad mayor que hay en el mundo! ¡Y además tienes estilo propio, seco, con personalidad, a lo Hemingway, de macho curtido, a lo Pérez-Reverte! No hay nada como tener personalidad y una vida que pueda recrearse, con más o menos adornos (más bien pocos, como tiene que ser) y con la sequedad que merece. Lo dicho: me jode, pero que sepas que para bien (no soy el envidioso al uso), y además disfruto el doble porque sé de qué va, fui espectador de algunas sombras, miope, pero espectador…
    Todo sea por el abuelo y por tu eterno tema: el oeste (no el western). Urge que el “mantero” la lea.
    Merece esperar tanto a que cuelgues algo en tu blog con tal de que el resultado sea como este.
    Enhorabuena y un abrazo de Bernal a Bernal.

  2. Me abrumas, teniendo en cuenta que tú sí eres un escritor y siempre lo fuiste.
    Sinceras gracias.

  3. Siete meses después “el mantero” lo leyó, con calma, disfrutando del elogio y la buena prosa de Paco. Nadie que me vea sin más dirá que soy “cabal”, como nadie que te mire a ti adivinará lo bien que escribes.

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