El creyente

Desde el redil

Hacía tiempo que no me enredaba en una conversación larga sobre el asunto del puñetero coronavirus con nadie, pero hoy no he podido resistir quedarme callado ante lo que escuchaba.

Resulta que hay un tipo que lleva esperando más de una semana una llamada de eso que han denominado rastreadores, por haber sido considerado contacto estrecho con un positivo (asintomático) de coronavirus. Digo que los llaman, rastreadores, porque realmente no lo son. Por lo que he podido comprobar estos días, son simples funcionarias que hacen su trabajo en las condiciones habituales, es decir, de 8 a 14, de lunes a viernes y a su ritmo, lo que me lleva a pensar (una vez más) que la situación no es alarmante aunque la propaganda lo quiera indicar.

El caso es que el contacto en cuestión estaba deseando ser llamado para que le dijeran su estado real, intuyo que para quitarse un peso de encima.

Intervine solamente para hacerle ver que, pasada una semana, prácticamente daba igual que le llamaran o no, y que, en todo caso, él no iba a sacar beneficio alguno de la prueba consiguiente. Si era negativo, todo seguía igual, porque gracias a su condición de correctamente vacunado, había hecho vida normal, sin confinamiento obligatorio ni voluntario. Si era positivo, estaría diez días recluido, sin más. Si desarrollara síntomas, poco importaría la prueba, pues descubriría la enfermedad por esos síntomas y no por aquella. Además, en ese caso, descubriría también que el tratamiento prescrito sería el confinamiento y el aislamiento, sin más cuidados que esos, al menos mientras su enfermedad cursara leve.

La respuesta fue lo que me hizo intervenir. Quiere saber su positividad para “no seguir esparciendo virus por ahí”. Y sobre eso le quise hacer ver ciertos aspectos relacionados con las enfermedades víricas y su transmisión, con lo que dice la biología y la medicina sobre esas cuestiones.

Pero todos mis razonamientos eran baldíos ante alguien que, aún reconociendo que no tiene ni pajolera idea de virus, piensa que cada uno tiene su opinión sobre cómo se transmiten los virus, sobre los diferentes tipos de ellos, sobre las medidas que la medicina ha tomado habitualmente para combatir enfermedades.

Todos tenemos una opinión, suelta encantado de conocerse.

Sin más argumentos que aportar a la conversación cuando le dejo claro que lo que le estoy diciendo no es mi opinión, acude presto al comodín de los “negacionistas” porque, evidentemente, se va a fiar más de lo que lo dicen desde la tele que lo que le diga un cualquiera por ahí. Y después al comodín de “tengo una hermana médico que ha visto a mucha gente morir”, supongo que para ver si, avergonzado por insensible, me arrodillo y me autoflagelo.

Como vamos viendo, la cosa mejora. Porque nadie estaba citando teorías extrañas, oscuras, sino lo que está establecido en los académicos libros de biología. Y porque, según él, es más que evidente que hay que fiarse del “doctor simón”, que ha dicho una cosa y la contraria (y casi todas mentira) desde que todo esto comenzó en su fase pública.

Lo que hizo que enseñara del todo la patita progre fue decirle que una cosa es combatir una pandemia y otra lo que se está haciendo desde la política. Entonces, enroque al canto, porque nada tolera menos un progre que el hecho de que se critique a los gobernantes progres. Y eso que nadie dijo que las críticas fueran solamente contra el gobierno español (evidentemente hay para ellos, pero también para los dictadorzuelos autonómicos y el resto de gobiernos que hay esparcidos por el orbe).

Así que estaba ya todo dicho.

El cerebro hecho papilla. El pánico incrustado en las circunvoluciones cerebrales impidiendo un mísero pensamiento propio.

No quise hacer sangre con el asunto de su consideración de contacto estrecho. No quise.

Porque si uno cree a pies juntillas todo lo que le dicen por la televisión, no se sienta en una cafetería (espacio cerrado) durante un largo rato a charlar amistosamente con varias personas, sin distancia ni mascarilla, digo yo. O pide públicamente perdón en la plaza del pueblo, cuando le pillan con el carrito del helado.

Incoherencias de la vida.

Y lo dejé por imposible, como casi siempre.

Por cierto, y como anécdota. En medio del fregado, escuché algo que hasta ahora no había oído, y es que, según este creyente, mucha gente es sintomática pero no se da cuenta.

Acojonante.

Ahora que lo pienso, me duele terriblemente la cabeza, tengo casi cuarenta de fiebre, toso ronco ronco y me duelen los huevos un ídem, pero no me estoy dando cuenta.

Acojonante.

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