EL VIEJO CICLISTA

Se soltó el pinganillo de la oreja y, agarrando con fuerza el manillar, se puso de pie sobre los pedales con rabia.

Llevaba un rato largo oyendo las voces de su director deportivo al oído, las voces que le pedían que parase, que no continuase, que obedeciera. Y eso es lo que había hecho hasta ahora. Obedecer las órdenes de equipo. Pero hoy era diferente. No sabía por qué, pero era diferente.

El chico iba a rueda, pegado a él, pero sin pasar delante ni una sola vez, tal y como, desabridamente, le había dicho antes. Lo encontró kilómetros atrás, acabando de cambiar una rueda por un pinchazo, con los ojos inyectados en lágrimas, a punto de llorar.

Jodío chico, siempre me enreda, se dijo para sí mismo. De un gesto, con autoridad, le dijo: Vamos.

Y se lo llevó a rueda.

El día iba a ser tranquilo para él. Un par de escarceos, alguna maniobra táctica para otros y después a dejarse alcanzar por algún grupeto de los que no tienen nada que ganar ni perder en etapas como aquella. En el que iba a ser su último año de profesional, su última gran vuelta por etapas, había pedido algunas licencias, algunas libertades.

No solía hacer eso, pero coño, ya era hora, que para eso se iba a jubilar y siempre había hecho lo que le habían dicho que tenía que hacer. Entre otras cosas, ocuparse del chico. Y en esta vuelta, dijo que no. Que ya no.

Hacía años que estaba en el equipo cuando el chico llegó. Rubio, delgado, con una sonrisa franca caía bien a todo el mundo. Un tío simpático. Un superclase, decían todos.

Así que al viejo león se le encomendó la tarea de ser su maestro, su padre encima de la bici. Que le llevara de la mano y le enseñara los trucos del ciclismo. Y aunque nunca le gustó tener que ocuparse de otros, tal vez porque nadie se había ocupado de él, aceptó.

Le cayó bien. Le gustaba su carácter simpático y hablador, su gusto por la música, por preguntar, por discutir, por cuestionarlo todo. ¿Le recordaba a él de joven?

No, él no era así, no era simpático y, sobre todo, no era un superclase. Era un currante, un guerrero, que aprovechaba su disciplina y su esfuerzo para buscarse un hueco en el pelotón, para hacer lo que otros no querían o podían hacer y tener algunos éxitos. La consideración de los jefes, de los entendidos, un sueldo decente y poco más. Dormía tranquilo.

Pero este año había dicho que no, que lo cuidara otro. Se había cansado de decirle las cosas, tal vez las que nadie más estaba dispuesto a decirle. ¡Eres un gran tipo y tienes un gran futuro! Pero no quieres tenerlo, no te entregas. Te conformas con caer bien, ser el graciosillo de turno, Demostrar tu clase en los entrenamientos. Pero la bici, la vida, es algo más. Es esfuerzo, tesón, ganas, es sufrir y sufrir, caer derrotado casi todas las veces para ganar alguna, exhausto siempre.

Se gana pedaleando con la lengua fuera cuando no se puede más. Se gana cuando hace mucho calor, cuando hace mucho frío, cuando llueve y cuando la carretera, el perfil, no te gusta. Cuando no has cogido la escapada buena, cuando se te han ido, cuando te han dado alcance y cuando tu equipo no está, agotados todos.

Entonces se gana. Nunca antes. Nunca después.

Tan harto había quedado de advertirle las cosas y de que él no hiciera ningún caso, de que no diese muestras de entender lo que le estaba diciendo, que este año dijo no. Y se había concentrado en ir a lo suyo, a lo que decían que convenía al equipo con la promesa de que, por ser su últimas carreras, le ayudarían a conseguir algunas victorias, como la planeada para la etapa de mañana.

Hasta hace un rato, había ido oyendo las instrucciones de su equipo y las cosas estaban saliendo bien, como se esperaba. Ataques continuos, guerra de guerrillas y el chico, esta vez, estaba respondiendo. Se había metido en el grupo de los ganadores, su puesto natural según todos los
expertos, aunque casi nunca estaba con ellos cuando llegaba la hora de la verdad.

Acabadas las escaramuzas para él, se había dedicado a un rodar tranquilo, aunque no suave, esperando que le alcanzara un grupo numeroso, de los que te llevan plácidamente hasta la meta e incluso te dan conversación. Tantos años de ruta hace que tengas amigos en todas partes, en todos
los equipos. Como la carretera era quebrada y su ritmo alegre, el grupo tardaba, pero no desperdiciaba las fuerzas, porque todo estaba preparado para mañana.

Entonces fue cuando lo encontró, pie a tierra, con la rueda en la mano. Mala suerte, pensó, justo el día en que te tomas las cosas en serio, muchacho. Pero algo le llamó la atención, puede que fueran sus ojos. Nunca antes lo había visto con rabia. Contenida, pero rabia.

Quedaba un largo camino, con repechos de esos que llaman rompepiernas hasta llegar al siguiente puerto, el penúltimo de la jornada. Se estaba empleando a fondo, con un ritmo difícil de mantener mucho tiempo. Confiaba en que el chico, resguardado tras él, no se desgastase demasiado.

Aunque él iba a reventar. Era experto ya, pero tenían muchos kilómetros por delante. Una vez en el puerto, se agarró arriba, como los antiguos y comenzó la subida de pie, moviendo la bici de un lado a otro, brusco, ligero, buscando el desnivel más favorable. Le dolían los muslos, le ardían, y desde el coche no paraban de gritar, por las ventanillas, que lo dejase ya, que se diera algún respiro. El chico quería pasar de vez en cuando, pero su mirada bastaba para que volviese a ponerse, obediente,
a rueda.

En la bajada se jugaron el tipo, apartando a los coches a su paso. Y comenzaron a subir de nuevo. El último puerto, el final. Por el movimiento, cerca estaba el grupo de cabeza, los líderes.

No sentía ya nada. Se iba acordando de los veranos en el pueblo, cuando niño, y sus escapadas en bici con los amigos. De su debut en un equipo, de los largos y solitarios entrenamientos, de las dolorosas caídas, de los viajes, los hoteles y los días sin ver a su mujer, a sus hijos. Todo eso iba a
quedar atrás muy pronto, pero aún tenía algo que hacer hoy.

Y cuando tenía algo que hacer, lo hacía.

Así que volvió a levantarse del sillín, abrió bien la boca, el gesto desencajado y apretó más el ritmo y, tras una curva, los vieron, estaban allí. Giró la cabeza y el chico demarró y se fue directo a ellos, a meterse en el grupo. No miró atrás, no dijo nada. Pedaleaba como los buenos, parecía que hubiese nacido con la bici adosada a las piernas.

Se sentó tranquilo, pero agotado, vacío, y siguió pedaleando casi por inercia. Sin fuerzas. Bebió lo poco que le quedaba y lo de un bote que alguien, a quien casi no podía ver, le dio. Iba de lado a lado de la carretera.

No sabía cuánta gente le pasaba, cuántos coches le avisaban que querían pasar. No veía a los que le animaban, a los que le gritaban, no sabía cuánto le quedaba para llegar, para acabar.

Divisó la meta al fin. Un poco más, que no se diga que no eres capaz de llegar, que no se diga que estás viejo.

Sonrió cuando vio al chico allí plantado, de pie justo en la línea de meta. Se le veía radiante. Llegó hasta él haciendo esfuerzos para no caerse.

Y se dejó abrazar.

El Brigada Acorazado Escrito por:

Un comentario

  1. Arsenio Bernal
    18/12/2020
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    Gran relato.
    Aquí hay talento. Enhorabuena.

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