Los mascarillos II: identificando variantes

Desde el redil

Como si se tratara del virus chino ese que los mascarillos quieren evitar aún a costa de morirse (de asco), entre ellos no dejan de aparecer nuevas variantes. Aquí las llamaremos por su nombre, no como con las del virus chino a las que se refieren ahora todos con letras del alfabeto griego, justo ahora que nadie sabe griego (vaya casualidad).

Pues una variante de mascarillo que campa a sus anchas por las tierras hispanas es el mascarillus tontolhabus. Su hábitat preferido son los chats de cualquier aplicación de mensajería, el caralibro o el tuiter, además de, por supuesto, las conversaciones en plena calle con cualquiera o las amistosas (siempre que sean políticamente correctas) conversaciones de amigos o familiares en torno a una buena comida o una barbacoa, en la piscina o en la playa.

El comúnmente llamado (al menos en este humilde blog) tontolhaba de la mascarilla, no deja de repetir, una y otra vez, el soniquete de que la mascarilla debería ser obligatoria en exteriores, que es lo que escucha, también una y otra vez, en la televisión y en las tertulias de la radio, además de verlo en innumerables memes que sus compañeros de variedad retransmiten continuamente.

Se le llama tontolhaba porque ni siquiera es capaz de pensar por sí mismo que el estúpido bozal no impide ni deja de impedir transmisión alguna en la calle. Tampoco puede pensar que la obligatoriedad de llevar el bozalito ya existe, siempre que te encuentres en una situación llamada de riesgo, esto es cuando no puedas mantener una distancia mínima. Lo que él quiere, el imbécil, es que sea obligatorio llevar el trapo en la cara cuando esté uno en solitario en la calle, en el campo o en la ducha. El angelito daría pena, sino fuera porque su estúpida insistencia puede dar con la prohibición legal, de nuevo, de ir descubierto por la calle.

Lo peor no es que no pueda discernir que en la mayoría de los países no sido nunca obligatorio y multado ir con el trapo, teniendo cifras mejores que las nuestras, o que el subnormal no sea capaz de explicar cómo el año pasado por estas fechas no lo teníamos que llevar y teníamos menos muertos (oficiales) que ahora (y eso que estamos vacunados por millones). Lo peor es que sigue llamando, con voz chillona y cargante, irresponsables a los humanos de cara descubierta, no dándose cuenta, el gilipollas, que estos siguen tan sanos como él.

Y peor que esto, es que, el muy necio, no se da cuenta de la existencia de la otra variedad que comentaré hoy.

Esta variedad destaca por su caradura, por su inmensa caradura. Así que la he bautizado como mascarillus caradurus, en un alarde de ingenio. Su modo de vida principal es cantar las alabanzas al trapillo de la cara, es decir que debe ser obligatorio en todo momento, es reñir a los que no lo quieren llevar, por irresponsables, por contagiadores y propagadores de la muerte total, mientras él no la lleva, el caradura.

¿Que dónde se ven estos especímenes, especialmente repulsivos? Sobre todo en la televisión. Y se ven en todo su esplendor porque ellos jamás aparecen en público con bozal. Eso es para la puta chusma. Ellos, aunque estén en interiores y rodeados de otros congéneres caraduras, no se lo ponen nunca, los muy caraduras.

En un mundo más normal, habrían sido apalizados hace tiempo, por lo que habrían callado y su variedad se habría extinguido siguiendo los pasos lógicos de la evolución. Pero como este mundo ya no es normal, ahí siguen dando la tabarra y convenciendo a los estultos de los tontolhabus.

Como casi todas las variedades, esta última tiene una subespecie especialmente peligrosa. Es la temida mascarillus caradurus politicus, verdadero terror del humano de cara descubierta, pues no solamente no se pone la mascarilla mientras alaba sus bondades, sino que tiene la capacidad de hacer obligatorio su uso en cualquier circunstancia y maneja a la policía para que persiga a los humanos de cara descubierta y les abrase a multas y más multas.

Ni siquiera comento aquí lo que les pasaría en un mundo más normal, pero ya sabemos lo que pasa en este mundo.

Esto es todo por hoy, amigos. Me retiro a descansar dándome una vueltecita por las concurridas calles del centro, por supuesto a cara descubierta, en pos de nuevas variedades de idiotas, digo de mascarillos.

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